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Mayo 2011 – Revista Digital Nro 34
Biografía de Alberto Mario Serrano

Un gendarme argentino amante de las montaña

Por José Herminio Hernández, Coronel (RE)

Entrevista a Alfredo Rosasco

Por Ricardo Sbrana, Diario La Nueva

 

Restauración Fotográfica: Centro Cultural Argentino de Montaña, Natalia Fernández Juárez


Nació en Bahía Blanca, Buenos Aires, el 31 de agosto de 1946. Sus padres, doña Margarita Romero y don Nicasio Emilio Serrano; las tareas de su padre cuando estaba activo, era mantener las calderas de la vieja Planta de Almacenaje de YPF, ubicada en el puerto de Ingeniero White; para el matrimonio Serrano, Mario era la luz de sus ojos y con gran esfuerzo, sacrificio y un ejemplo moral y espiritual, lo sacaron adelante no solo en la crianza, sino y muy especialmente en  su educación.

Sus años de estudios primarios y secundarios, los realizó en el colegio de los salesianos, con altas calificaciones, y el concepto laudatorio de sus profesores, en especial fue el colegio forjador de oficios y de hombres, quien además, había forjado su temple y madurado su inteligencia, con la tutela del padre López, que además, de hacer de guía espiritual, admiraba a este joven, que se destacaba por sus cualidades intelectuales y su expresión seria y respetuosa. Su ingreso a la Escuela Naval, superando a otros estudiantes que se habían preparado con suficiente tiempo de antelación, y él solo en un mes había logrado ocupar su vacante, pero su corto tiempo en este instituto, le permitió descubrir que su camino era otro, es así que el 1 de marzo de 1966, ingresó a Gendarmería Nacional, como cadete de segundo año del Cuerpo Comando, dado lo actuado en la fuerza anterior, no siendo necesario cursar primer año; egresando como subalférez de la vigésima cuarta promoción, el 14 de diciembre de 1968, no solo con las máxima calificaciones, sino también recibiendo ocho medallas de las once que entrega la institución todos los años, correspondiéndole al Sargento Primero Cadete, señor Alberto Mario Serrano; y con orgullo, con una misteriosa nostalgia y sus ojos llenos de lágrimas, recordaba cada vez que hablaba de su hijo, don Nicasio, contrastando esa labor de obrero sumiso y casi ignorado.

Alberto Mario Serrano, siendo alferéz, previo a su primer ascenso en 1971. Foto: Ricardo Sbrana

Mario, ascendió a alférez, el 31 de diciembre de 1970; en el año 1973, asciende a primer alférez; pidiendo la baja de las filas de la Gendarmería Nacional, el 31 de mayo de 1978, pues su ciclo se había agotado y quiso buscar nuevos horizontes en otra nueva profesión, la de abogado. Ya en sus primeras salidas como scouts dentro de las tareas extras dentro del colegio salesiano, había descubierto su amor por la naturaleza, en trabajo en equipo y admirar las alturas, más las lecturas de exploradores y muy especialmente la Primera Expedición Argentina al Himalaya habían dejado una profunda huella, especialmente la figura de quien fuera su jefe el entonces Teniente Francisco Ibáñez, muerto en el Dhaulagiri. Prontamente, se incorpora y luego fue líder del Batallón 27 de Exploradores de Don Bosco, de Bahía Blanca; pero que mejor transcribir lo que el mismo padre López expresaba de él:

Fue, Alberto Mario Serrano, alumno mío en tercero, cuarto y quinto año del bachillerato. Era estudiante, no simplemente inteligente sino de inteligencia superior, al servicio de un fiel cumplimiento del deber: sobresalía. Sin embargo no era de los que ansían destacarse y deslumbrar. Era simplemente modesto, en palabras y actitudes, siempre correcto y de muy buenos modos, tantos en sus relaciones con los compañeros como con los superiores. Todo saturado por una convicción y práctica religiosas hondas que hicieron madurar al ejemplar caballero cristiano. De ese tiempo tiene origen mi vinculación con él, que superó la propia de entre alumno y profesor, para convertirse en genuina amistad, por lo cual siempre que se dio oportunidad siguió llegándose a mí, haciéndome gozar de las finezas de su alma bella, para comunicarme proyectos y realizaciones de los intervalos que había separado nuestros encuentros distanciados. De ello infiero que debía ser muy independiente y proclive a cargar él mismo con la responsabilidad de las resoluciones que definían su vida. Me encontré por última ve con él, en el Colegio Don Bosco de Bahía Blanca, poco antes de que emprendiera su viaje para la exploración montañistica de la trágica expedición y, para los que tanto lo apreciamos y quisimos, dolorosísimos final. Lo vi sereno como cuando alumno, y debía dar una lección, sin sombra de jactancia, ni presunción, pero sin que lo turbara ninguna inquietud.

Entre los meses de enero y febrero de 1967, cuando cursaba tercer año de la escuela de Gendarmería, es invitado a conformar una expedición para intentar la escalada a la aguja Guillaumet y al cerro Marconi,  juntamente con Mario Quesada, como jefe de expedición, Rudy Ludwig, Julián Buzzi y Néstor Moreno, a pesar de la negativa en ambas cumbres, producto del mal tiempo y de las condiciones atmosféricas adversas, fue enriquecedor en experiencias y en el conocimiento empírico adquirido junto a los integrantes de la cordada; y en un artículo publicado en la revista de Gendarmería, expresaba Mario:

El 16 de febrero, emprendimos el regreso a Río Gallegos. Atrás quedaban el Fitz Roy y su reino de fantasía y en nuestros espíritus montañeses un deseo de amor a la naturaleza, y que es amor hacia el Supremo Hacedor: Dios.

Dhaulaguiri 1954, cordillera del Himalaya

Dhaulaguiri 1954, cordillera del Himalaya

Entre el 26 de diciembre de 1967 y febrero de 1968, conformando la expedición argentino-eslovena, integrada por Mario, los hermanos Pedro y Juan Jorge Skvarca, Juan Zskrajsk, Pablo Justoy Osvaldo Troiani, penetraron en el territorio de los Hielos Continentales Patagónicos; la cordada de Mario y Juan Jorge, ascendieron el 17 de febrero, el cerro Cristal y el día siguiente, la misma cordada coronó el cerro Campana, y como epilogo de esta tarea, al retorno de la misma, escribía Mario:

Atrás quedaban la soledad, el misterio, lo desconocido, el recuerdo de tantas aventuras vividas en esas desoladas regiones, las magnificas cumbres conquistadas, el deseo de volver. Y es en estos momentos cuando el pensamiento cobra repentino vuelo rumbo al cielo, cada vez más y más alto, como las águilas que moran en las cumbres, en busca del Creador, que es quien pudo saciar esa enorme sed de Infinito, esos deseos de nuevo horizontes que en nuestra pequeñez y grandeza de hombres todos sentimos.

En el año 1979, conformó una expedición a la Cordillera Real, coronando el propio Mario, junto a Pablo Hulskamp y  Gustavo Glickman, el cerro Huacana, de 6.208 metros, por el filo Sur de la pared Oeste, el 24 de julio de 1979;  mientras que Pablo y Mario, hicieron lo propio en el cerro Ancohuma, por la cara Oeste, que lo coronaron el 31 de julio; y posteriormente, escalaron una cumbre virgen, a la cual le colocaron el nombre  de Philipe Cousteau, en honor del fallecido hijo del famoso investigador oceánico francés, de 6.100 metros, y otro cerro virgen, que le denominaron, Casualidad, de 5.800 metros, aproximadamente; Mario, ascendió en solitario, el Huayna Potosí, el 10 de agosto, empleando seis horas para coronarlo.

Se caso con María Teresa, con quien formo un hogar feliz y ejemplar, y fruto de este enlace nació Facundo, con el cual imaginaba su proyección y esperaba hacerle entrega de todo conocimiento y experiencia de vida.

Expedición al Dhaulaghiri 1981. Biografía de Alberto Mario Serrano. José Herminio Hernández

Expedición al Dhaulaghiri 1981

A principios del año 1981, conformó una expedición al Dhaulagiri, en el Himalaya, de esta actividad en medio de la época nos dejo esta descripción sobre el grupo:

Mario había trabajado con seriedad en posibilitar armar un equipo de calidad humana poco común y le agregó los implementos indispensables como para que Argentina, demostrará que tenía gente de indudable capacidad para asumir una tarea de tamaña responsabilidad.

El 14 de marzo de 1981, la totalidad de la expedición se encontraba en el campamento base. Con el tiempo se fue instalando los distintos campamentos de altura, llevando material y equipándolos, el 22 de mayo, la cordada de asalto se encontraba en el campamento 6, con la intensión de hacer el ataque final, pero el mal tiempo, impidió que salieran para la cumbre, permaneciendo y soportando violentas ráfagas de viento, que destruyeron parcialmente las carpas; el día siguiente parte de la cordada regresó hacia los campamentos de menor altitud, eran los dos sherpas; mientras que Cuiñas, Rosasco y Mario, lo hacen también; Mario, se quedó en campamento 5, según comentó Rosasco, pues se encontraba muy agotado, el resto llegaron todos al campamento 3; desde allí, al otro día, esperaban el regreso de Mario, los del campamento base controlaban el descenso por medio de prismáticos, pero la carpa, la bolsa, no se movían, alrededor de las nueve de la mañana, pensando lo peor, que no había soportado la noche por el frío y el agotamiento; aproximadamente a las 10.30 horas, de improviso, el bulto comenzó a deslizarse y al pasar por las inmediaciones del Campamento 5, se separó en cuatro partes: el cuerpo de Mario, la bolsa de dormir y dos bultos más, que se supuso que eran la mochila y el colchón. Continuó tomando velocidad en una caída vertiginosa por la canaleta izquierda de la Pera, el cuerpo se precipitó en una grieta, a unos 6.200 metros, aproximadamente, luego de pasar por un serac, no pudiéndose recuperar su cuerpo; con esto finalizaba, la vida de un grande y ponía punto final a la expedición. El doctor Pascuali hace una radiografía de su amigo y describe como era Mario:

De izq. a der.: Rudy Ludwig, Eduardo Vivaldi y Mario Serrano tratando de cruzar sin mojarse el Río Blanco Patagonia, Santa Cruz, 1967. Foto: Colección Eduardo Vivaldi. Biografía de Alberto Mario Serrano. José Herminio Hernández

De izq. a der.: Rudy Ludwig, Eduardo Vivaldi y Mario Serrano
tratando de cruzar sin mojarse el Río Blanco Patagonia ,1967. Foto: Colección Eduardo Vivaldi


Se lo ve a Mario Serrano de costado, a la derecha de Horacio Vivaldi mirando a la cámara, ambos con las manos en los bolsillos. Foto tomada en la zona de la balsa del Río Santa Cruz, Patagonia, 1967. Foto: Colección Eduardo Vivaldi. Biografía de Alberto Mario Serrano. José Herminio Hernández

Se lo ve a Mario Serrano de costado, a la derecha de Horacio Vivaldi mirando a la cámara, ambos con las manos en los bolsillos. Foto tomada en la zona de la balsa del Río Santa Cruz, Patagonia, 1967. Foto: Colección Eduardo Vivaldi

Mario tenía muchos amigos. Podía tenerlos porque su corazón y sus sentimientos eran grandes. Yo era uno de ellos y me sentía orgulloso por eso. La amistad es una forma de amor, fuerte, ancha, leal e intensa; es una riqueza que uno debe merecer y cultivar. Dialogando con él, muchas veces hablamos de su pasión por la montaña. Yo sabía que en todos los tiempos y en todos los países ha habido y hay montañistas; que casi todos han intentado las cumbres más altas de la tierra, culminando en el Himalaya. Recordaba como Mario había llevado los cadetes de Gendarmería a la cumbre del Aconcagua para capacitarlos en montañismo. En esa cordillera de los Andes, que él tanto amaba y que luego estos jóvenes, deberían de custodiar. Sabía que el montañista debe llevar una vida espartana, renunciando s los fáciles placeres: el tabaco, el alcohol y el sedentarismo. Que debían tener una estructura muy fuerte para soportar situaciones en extremo críticas, de frío, fatiga, soledad y miedo, que todos tenían y aprendían a vencer, cultivando con esfuerzo la disciplina y las técnicas.

Sabía que un verdadero montañista no es temerario o irresponsable, que se prepara y cuida con detalle para su tarea, como un astronauta o un piloto de prueba. Pero quería que Mario me dijera que sentía o pensaba él. Y Mario, culto y cultivado por su esfuerzos y viajes, se remontaba a algo esencial. Decía: el hombre desde sus orígenes indaga y establece una relación particular con la naturaleza que lo distingue de los animales; no la vence, pero la explora y modifica; si tala un árbol para construir un camino o una casa, modifica la naturaleza y crea cultura. Si investiga los polos o surca los océanos como los navegantes de la antigüedad, ensancha el horizonte humano. Al subir una montaña no venzo la naturaleza, establezco un nuevo vínculo con ella en donde el hombre puede algo más de sí, especialmente, abriendo un derrotero para otros. Mario, no era solitario, tenía cualidades docentes y de jefe. No es lo mismo ser un buen trepador que un jefe de expedición que lleva los mejores escaladores argentinos y toneladas de carga tan lejos y tan alto. Y siempre al frente de ellos, con una voluntad dulce y acerada a la vez. Mario ha ensañado. Tras él hay una estela visible que se puede seguir. Ha sido un humilde maestro del montañismo argentino.

El presidente de la Nación, el entonces Teniente General Roberto Eduardo Viola, también, presidente honorario de la Vta Expedición Argentina al Himalaya, expresó:

El fallecimiento del doctor Alberto Mario Serrano, un argentino valiente en permanente búsqueda de la cumbre, enluta a todos los argentinos. Transmito a Uds. nuestra consternación por la pérdida de esa vida valiosa para el país, tanto en su condición de montañista como en lo diplomático, campos en lo que dio lo mejor de si mismo. Como miembro honorario de la Vta Expedición al Himalaya, rindo tributo al sacrificio de su jefe, caído a pocos pasos de la cúspide.

Mario Serrano en el Everest, expedición de 1971. Biografía de Alberto Mario Serrano. José Herminio Hernández

Mario Serrano en el Everest, expedición de 1971

Cerro Bertachi, Santa Cruz. Mario Serrano en su cumbre. Biografía de Alberto Mario Serrano. José Herminio Hernández

Cerro Bertachi, Santa Cruz. Mario Serrano en su cumbre

No menos importantes son las reflexiones que sobre Mario, hizo Jorge Skvarca:

Lo recuerdo perfectamente. En el refugio de la Aeronáutica, en los glaciares Upsala y Moyano, mientras preparaba el té; en esos días de tormenta y mal tiempo, después de nuestra austera cena, exponía su filosofía sobre la vida y la montaña. Le gustaba pensar y reflexionar en vos alta. Así era Mario; nos conocimos allá por el año 1966, cuando inició con un grupo de nuestros amigos sus primeras salidas a las montañas. En el año 1967, se unió a nuestro grupo y de allí en adelante éramos compañeros casi inseparables de montaña, por más de diez años en la zona de Hielos Continentales. No era un técnico para escaladas extremas, y eso lo sabia perfectamente, a pesar de que quería serlo. Pero compensaba esa falencia con una tremenda voluntad de llegar a lo que se proponía, usando toda su energía disponible… La despedida hacia el Dhaulagiri en el aeropuerto de Ezeiza, nos reunió después de algunos años nuevamente. Por la prensa tenía alguna información bastante parca sobre la marcha de la expedición, en la cual él era el promotor, organizador y alma Mater de todo. Esta tarea insumió todos sus esfuerzos y por supuesto lo había desgatado… El Himalaya, palabra mística, misteriosa. Con Mario formamos parte en la Tercera Expedición Argentina al Himalaya, al Monte Everest, allá por el año 1971. Y desde aquella vez que tuvimos que volver sin alcanzar la cima, él soñó con volver allí. Formó su propio grupo. Con muchachos jóvenes realizó expediciones preparatorias a Mendoza, Bolivia, Perú; su meta, sus sueños estaban puestos en aquellas lejanas montañas. Y volvió…pero para quedarse para siempre. Tres cosas, decía él, había que hacer en la vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Creo que lo hizo todo, al menos lo intentó pero no pudo terminarlo. Y como seguramente repetiría él hoy: el Dhaulagiri había vencido esta vez. Pero, así como no se derrota a la montaña tampoco se derrota a los hombres. Paralelo de hombres y montañas, que en este caso se da en los que acuden a ellas no a desafiarlas sino aceptando el desafío de si mismos. El resultado que vale es el que da la auténtica medida de la altura que se puede alcanzar, sobre las montañas y fuera de ellas. Nosotros, que hoy volvemos a las montañas, te sentiremos cerca. Un compañero, un andinista no muere, simplemente se ausenta.


Placa

Fotografía de la placa dejada en la Cumbre del Cerro Aconcagua, en nombre de la TRIGÉSIMA PROMOCIÓN DE CADETES de Gendarmería Nacional por el Alférez Mario Serrano (quien fallece en un intento al Monte Dhaulagiri en el Cordón de los Himalayas integrando la 5ta. Expedición Argentina en 1981).

Esta placa (de varios kilos de peso) es rescatada por el Oficial de la Policía de Mendoza Sr. Luis Alberto “Rudy” Parra con fecha 06.01.75. La misma fue entregada por el citado Oficial a la Jefatura de la Policía de Mendoza y posteriormente ésta fue donada por autoridades policiales al Museo de la Gendarmería Nacional en Buenos Aires, donde actualmente se encuentra depositada.

Placa dejada en la cumbre del Cerro Aconcagua por Mario Serrano en nombre de la Trigésima Promoción de Cadetes de Gendarmería Nacional. Biografía de Alberto Mario Serrano. José Herminio Hernández

Placa dejada en la cumbre del Cerro Aconcagua por Mario Serrano
en nombre de la Trigésima Promoción de Cadetes de Gendarmería Nacional


"Mario no murió de un golpe o de una caída"

- Por Ricardo Sbrana, Diario La Nueva -

Alfredo Rosasco compartió la expedición al Himalaya y los últimos instantes de vida del bahiense Mario Serrano. La hazaña que no pudo ser

La falta de alimentos, la opresión por la escasez de oxígeno y la ferocidad del temporal, forzaron a la expedición encabezada por el bahiense Alberto Mario Serrano a suspender el ascenso a la cumbre del Dhaulagiri, el séptimo pico de más de ocho mil metros de los 14 que existen en el mundo.

Restaban 130 metros para alcanzar los 8.167 metros y el plan era resistir, sin hacer nada, hasta que mejorase el tiempo. Integraron el grupo Serrano (organizador), Alfredo Rosasco, Héctor Cuiñas, Marcelo Aguilar, Werner Lyon, Jorge Vitón, Luciano Pera, Ulises Vitale y un médico de apellido Fernández.

Con Serrano y Rosasco como los más experimentados, permanecieron cuatro días dentro de dos carpitas por sobre el nivel de los 8 mil metros. “La zona de la muerte”, la llaman. Porque a esa altura el desgaste llega a un punto tal que cada vez podés menos, aunque no hagas nada.

Cuando el viento bajó la intensidad, el grupo inició el descenso hacia el campamento base 3 (6.100 metros) con el objetivo de recuperar energía, esperar que la montaña descargase la nieve acumulada por el temporal y retomar el ascenso en condiciones favorables, para coronar la cima el 25 de mayo de 1981.

Alberto Mario Serrano. Foto: Ricardo Sbrana

Según el relato oficial, durante el descenso desde los 8 mil, en medio de escasa visibilidad por presencia de nubes, Serrano se retrasó de Rosasco. Mostraba signos inequívocos de agotamiento. Los demás iban adelante y aguardaban su llegada para el día siguiente.

El bahiense decidió reponerse en el campamento 5 (7.100m.). Pero exactamente a las 10.30 del 24 de mayo, los compañeros divisaron con largavistas que el bulto referencia de la ubicación del montañista -con mochila, bolsa de dormir y carpa- había comenzado a deslizarse hacia abajo, sobre la nieve. Y segundos después, observaron la separación de los cuatro bultos, que en forma abrupta cayeron a una grieta.

La expedición argentina era testigo de la muerte del primer bahiense en intentar la conquista del Himalaya. En esta, su segunda oportunidad tras otro frustrado intento en 1971, tenía 34 años. También una esposa que le había pedido no hacerlo y un hijo en camino (Federico).

"...Un argentino valiente en permanente búsqueda de la cumbre...", lo definió el por entonces presidente Roberto Viola, en un mensaje dirigido a la familia del malogrado deportista, originaria de Tornquist.

En nuestra ciudad poco se conoce de él, a pesar de algunas referencias históricas como el monolito descuidado en la plaza Pellegrini (mira hacia la intersección de Tucumán y Moreno), una calle de dos cuadras, entre 9 de Julio y Terrada al 1.700 y “Las nieves eternas”, el libro que le dedicó Luis Pedro Ponte en 1991.

Serrano era una personalidad. Reconocido y respetado por su don de gente en nuestra ciudad -abanderado en el Colegio Don Bosco – y en otros ámbitos como en el del montañismo, en Gendarmería (oficial, con 8 ocho condecoraciones), y en la diplomacia argentina, ámbito al que ingresó como abogado.

Mario Serrano, en la expedición al Everest 1971. Biografía de Alberto Mario Serrano. José Herninio Hernández

Mario Serrano, en la expedición al Everest 1971


“Cada día era peor”

“Hay algo que no se sabe. Porque el único que fue testigo presencial fui yo: en qué circunstancias y por qué murió Mario. Honestamente no hice un pacto con nadie, pero prefiero no hablar de eso. Fue un momento bastante enojoso para los miembros de la expedición y en el cual Mario perdió la vida por una circunstancia personal, de él”, reveló Alfredo Rosasco, en exclusiva para “La Nueva”.

Se trata de un integrante de aquella expedición y referente del montañismo argentino, que rompió el silencio. Para recordar lo ocurrido en el Dhaulagiri y evocar la figura del bahiense.

-La versión oficial dice que Mario se sintió cansado como para descender y resistió como pudo el temporal en el campamento 5, a 7.100 metros.

-Estaba cansado, sí. Yo también. Éramos los dos últimos que descendíamos desde los 8 mil. Habíamos estado cuatro días a esa altura. El había tenido una responsabilidad muy grande que le impidió entrenar como correspondía durante la preparación. Había asumido la jefatura. Entonces, cuando todos estábamos entrenando, él trabajaba por y para la expedición.

-¿Cómo se organizó la expedición del 81? ¿Se conocían sus integrantes?

-Sí, casi todos. Serrano estaba en Buenos Aires, se había casado... Fue un titán para organizar la expedición. Hasta consiguió la guita... Nosotros no hacíamos nada. Menos yo, que en esos años vivía en Neuquén. Fue el gran organizador y eso le costó caro. Porque perdió el tiempo de entrenar. Para colmo, antes del ascenso se rompió una pierna. Se había ido a Perú a concretar algunos cerros importantes. Pero claro, Perú tiene una cota de 6.500... Y nosotros íbamos a ir a 8 mil. Su crisis física, de su organismo, la sufrió en esa cota, 8 mil, en la que estuvimos cuatro días juntos. No es que estaba cansado, estábamos a ocho mil sin oxígeno. Y cada día era peor que el anterior. No podíamos subir ni bajar.

-¿Qué pasó?

-Estaban Sundare (el sherpa) y (Héctor) Cuiñas en una carpita sobre la pared sur, bien alto, en el filo. Y en la otra carpita, que las teníamos atadas una a otra porque era un lugar muy perpendicular, estábamos Mario y yo. Los cuatro. Cuando decidimos bajar, lo hicieron primero Sundare y Héctor y después, una hora luego aproximadamente, bajamos Mario y yo. Y fue ahí donde empecé a notar los grandes problemas físicos de Mario. Y aclaro que yo los podría notar dentro de lo que me funcionaba el intelecto, porque a esa altura pensás más lento. Notaba detalles: se le salía un grampón, se los ponía al revés, el de la pierna derecha en la izquierda... Empezó a quedar con la boca lengua de trapo (sic), como la llamamos nosotros. Estaba en el punto de no retorno. Después, hubo un acontecimiento que es lo que prefiero que quede en el olvido. No en el olvido, mejor dicho que quede entre los que estuvimos ahí. Decidimos hacer un pacto, porque él tiene una mujer y en ese momento un bebé al que no conoció. Su mamá y su papá creo que murieron.

-A propósito, ¿sabe algo de su esposa o hijo? ¿Nunca habló con ellos?

-No tuve más contacto. Quedaron bastante dolidos con nosotros. Con todos, bah. Ni sé si saben esta historia. Quedaron dolidos porque no bajamos los restos. No se podía bajar a Mario. Al día siguiente de morir su cuerpo cayó a una grieta atroz, después de 700 metros de caída, en un glaciar imposible de ir a sondear. Y ahí estará ahora... Que mejor mausoleo que ese ¿No?

Dhaulaguiri 1954. Foto: Colección Roberto Busquets. Biografía de Alberto Mario Serrano. José Herminio Hernández

Dhaulaguiri 1954. Foto: Colección Roberto Busquets


“Muchos van a morir”

-¿Cómo había transcurrido el ascenso al Dhaulagiri?

-Bien. Pensá que estábamos a 130 metros de la cumbre. ¡130 metros! Ahí justo tuvimos una tormenta de cuatro días que nos debilitó y nos tiró abajo, pero sobre todo nos quedamos sin comida. Entonces dijimos de bajar hacia el campamento de base avanzado, que quedaba a 6.500, a reponernos y esperar que pasara el mal tiempo porque corríamos riesgo. Y reformular la estrategia: en vez de subir cuatro, como estaba previsto, subir dos y hacerlo en (modalidad) alpina, más rápido, y ganarnos la cumbre. Pero a los pocos metros de empezar a bajar, Mario murió. Era un lugar complicado. Pero él no murió de un golpe o de una caída. No. Se apagó como una vela, se quedó sin combustible. Se acabó. Llega un momento en que no se trata de descansar.

-¿En esos cuatro días dentro de la carpa, percibió que algo andaba mal con Mario?

-Sí, yo veía que tomaba muy poco líquido. Y hay que tomar 7 litros por día. Pero él se negaba y no quería. Y en la altura la vida se te va por la respiración. Perdés 5 o 6 litros de líquido por día.

-¿Qué pasó con el médico de la misión?

-Permaneció abajo. Era el doctor González, médico de urgencias del Hospital Fernández.

-Existen dos filosofías respecto del código de montaña, por llamarlo de algún modo. Una, los cuerpos de los fallecidos no pueden bajarse. La otra es que si todos suben, todos bajan. ¿A cuál de las dos adhería el grupo?

-Es así: todos suben y todos bajan. La causa de suspender la expedición tras la muerte de Mario, fue por una votación. Yo te puedo decir lo que decidí yo, que fue seguir adelante con el ascenso. Había muerto Mario, pero se acabó ahí. Así es el montañismo. Muchos murieron y muchos van a morir. Y como dije, qué mejor homenaje que los que quedamos, seguir intentando la cumbre. Al Himalaya no se va a cada rato. Al margen de ello, Mario no quedó solo arriba. Mario murió. Y bajar a un muerto no se justifica. Si la persona queda viva, lo ayudás. Pero en la altura es difícil descender con un cuerpo. Además, si hay tormenta no hay contacto visual ni de sonido con tu compañero. Imaginate que estás bajando de la tormenta y de pronto salís de ella y esperás a tu compañero. Lo esperás, lo esperás y no aparece y bueno, seguís bajando para no morir vos también. No se vuelve sobre los pasos porque no lo encontrás. Como en la película “Tocar el vacío”, la historia de un tipo que le corta la cuerda a su compañero. Es una historia real y conozco a los dos (NdR: Joel Simpson y Simon Yate, dos amigos británicos que en 1985 intentaron el Siula Grande en Perú). Son códigos que existen y uno los tiene que analizar y determinar en cada momento.

Monolito con la imagen de Mario Serrano en la plazoleta Pellegrini, Bahia Blanca, Buenos Aires. Foto: Ricardo Sbrana

 

 

Área Restauración Fotográfica del CCAM: Natalia Fernández Juárez


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