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Mayo 2011 – Revista Digital Nro 34
Otto Meiling escalando en el Cerro Lopez en enero de 1938, Provincia de Rio Negro

Este relato histórico publicado en el Diario La Nación un lejano domingo 10 de Abril de 1938, fue escrito por el guía de montaña francés Federico Fino quien se radicó en nuestro país y fue un activo promotor del montañismo en la Argentina, aquí nos relata su escalada en Bariloche junto al legendario Otto Meiling

- Por Federico Fino -


Restauración Fotográfica:
Centro Cultural Argentino de Montaña, Natalia Fernández Juárez


Integrantes: Otto Meiling y Federico Fino

Nuestro programa de escaladas para 1938 era ambicioso. Comprendía varias cimas aun no vencidas y la realización de algunas primeras ascensiones argentinas. El tiempo desfavorable se encargaría de desbaratar estos planes, permitiendo sólo la ejecución de una mínima parte.


 
Ubicación del Cerro Lopez, Provincia de Río Negro, Argentina


 
Cerro Lopez y alrededores, Provincia de Río Negro. Foto: www.siempreaventurero.blogspot.com.ar

El 4 de enero desembarcábamos en San Carlos de Bariloche, donde nos esperaba Otto Meiling, rey de los guías andinos, esquiador incomparable y Jefe de la expedición. De inmediato comenzamos los preparativos y al siguiente día nos encaminábamos al refugio López (1800 metros). Es una cómoda construcción elevada por el Club Andino de Bariloche en los flancos del cerro Vicente López al cual las nevadas de estos primeros días de enero dan un aspecto de muy alta montaña. Consta de dos pisos: el inferior, a la vez cocina y comedor; el alto sirve de dormitorio. Está rodeado de numerosas cimas que debían proporcionarnos agradable pasatiempo y habíamos decidido permanecer algún tiempo en él.

El día 6 amanecía nublado. Espesos vapores bajaban sin cesar de los filos superiores, trayendo desde Chile amplia provisión de granizo, de escarchilla y de nieve, que un fuerte viento arremolinaba constantemente. No obstante, resolvimos ascender, como entrenamiento, la cima del Mojón o Pico Turista del Cerro (2090 metros aproximadamente), cosa que realizamos en dos horas, ida y vuelta La vista desde la cumbre es, según la fama, espléndida. Por nuestra parte, nada vimos sino niebla.


 
Refugio López y al fondo la Torre Finó, 1938. Foto: Federico Fino

Otto Meiling, 1938. Foto: Federico Fino

Otto Meiling, 1938. Foto: Federico Fino

El 7 el barómetro se eleva un poco y parece permitir mayores ambiciones. Partimos a eso de las 8.30 en dirección a la torre alta, que domina el refugio a la izquierda del espectador, torre aun no vencida. Remontamos directamente por detrás del refugio hacia el filo en cresta de gallo, llegando a él sin dificultad, a través de manchones de nieve y pendientes de roca. Una vez en dicha cresta franqueamos una pequeña brecha y entonces se desarrolló ante nosotros un valle muy abierto, suerte de "combe" que extiende sus ondulaciones nevadas hasta el pie de la torre. Bajamos de nuestro observatorio, franqueamos una pequeña "bergschrund" (rimaya) casi inexistente e iniciamos la travesía del valle, ascendiendo ligeramente en dirección a la depresión situada a la derecha de nuestra torre y que se halla ornada de una especia de dedo rocoso apuntando al cielo, razón por la cual proponemos el nombre de Brecha del Dedo para ella.

La brecha es alcanzada sin inconvenientes y el paso de una nueva y fácil "bergschrund" nos lleva al pie mismo de la torre. De inmediato atacamos la pared que mira hacia el Oeste y cuya altura aproximada será de unos 100 metros. Es una sucesión de "couloirs" (canaleta) y pendientes de rocas más o menos inclinadas que no presentan dificultad, pero cuya trepada es interesante. Llegamos así al filo superior de la torre, algo a la derecha de la cima misma. Aquí surge un problema. El pico terminal (2060 metros, aproximadamente) es una suerte de laja lisa e inclinada de unos cuatro o cinco metros de largo, sobre la cual la adherencia del paseante es algo delicada.

Meiling se adelanta, sube con su facilidad habitual y luego, tal un pescador experto, comienza a recoger la cuerda, a cuyo extremo, semejante a un salmón atrapado, viene ¡el turista! Pese a la belleza de las agujas verticales que nos rodean, la estadía en la cima es bastante incómoda. Hay que permanecer a caballo sobre el filo de la laja, una pierna sobre cada vertiente. El tiempo comienza a nublarse. Como vuelve la escarchilla y la nieve, decidimos dirigir nuestros pasos hacia regiones más templadas. Elevamos, como prueba de la ascensión, un mojoncito poniendo tres piedras una sobre otra en una especie de plataforma microscópica. En el mojón depositamos una lata con nuestras tarjetas.

Vista panorámica del Macizo Vicente López, Río Negro, 1938. Foto: Federico Fino

Vista panorámica del Macizo Vicente López, 1938. Foto: Federico Fino

Cima principal del Cerro López, Río Negro, 1938. Foto: Federico Fino

Cima principal del Cerro López, 1938. Foto: Federico Fino

Pero aquí se presenta la dificultad más grande de toda la ascensión: ¿Qué nombre imponer a la torre? Lo justo sería que llevase el nombre de Torre Meiling, pero éste se opone argumentando que ya existe un Filo, una Cueva, un Cerro, un sinnúmero de accidentes rocosos que llevan su nombre y que además, si se bautiza de ese modo a todos los picos a que él ascendió primero, la casi totalidad de la región, ostentará su apellido. Después de una vigorosa discusión, a la cual lo inestable de nuestra posición le impide agregar la vehemencia del gesto y la amplitud de movimientos que Cicerón recomienda al orador, y visto que el tiempo se torna de más en más frío, resolvemos designar la torre con el nombre del miembro subalterno de la caravana. Resuelto este problema, y apagada la pipa ritual, emprendemos el descenso. Lo efectuamos casi directamente, siguiendo unas cintas de nieve y pronto llegamos al pie de la torre.

De ahí podemos volver al refugio por la ruta seguida a la ida, pero la variante introducida al bajar nos ha llevado algunos metros más abajo de dicha ruta. Ya nos disponíamos a subirlos, cuando, felizmente, recordamos que la primera cualidad requerida del alpinista (y por ende de su hermano el andinista) es la de evitar todo esfuerzo inútil. A la luz de esta brillante observación nos rehusamos a efectuar el ascenso y optamos por bajar un gran "couloir" de nieve que, probablemente, no había sido aún recorrido. Tomamos, pues, por una pendiente inclinada y llegamos hasta la altura del refugio, lugar donde el "couloir" se estrangula y corta bruscamente. Salimos entonces de él y, atravesando unos ñires bajos y felizmente poco extensos, no tardamos en reunirnos con la Picada que lleva al refugio, el cual alcanzamos a las 14 hs., acompañados de un verdadero diluvio. La tarde se pasa en largas "mateadas" amenizadas con la lectura del Libro del Refugio, en el cual los turistas anotan sus impresiones y determinados "trozos literarios", dignos de ser firmados por M. Perichon, que suscitan largos comentarios.

Paso difícil durante la escalada a la Torre Finó, Río Negro, 1938. Foto: Federico Fino

Otto Meiling en un paso difícil durante la escalada a la Torre Finó, 1938. Foto: Federico Fino

Al día siguiente partimos a las 8 hs. para la cima principal del Cerro López (2150 metros, aproximadamente), verdadero punto culminante del macizo y que sólo había sido escalado dos veces (1). Tomamos la "cumbre" a la derecha del refugio y por unos faldeos de nieve de más en más inclinados nos dirigimos hacia la cima. De pronto la pendiente se acentúa a la par que la dureza de la nieve aumenta  el equilibrio del trepador se vuelve problemático. Opino entonces que es contrario a todos los principios del andinismo el no atarse en esta clase de pasajes y que de continuar de esa suerte, nos exponemos infaliblemente a atraer el menosprecio o sobre nuestra cima o sobre la solidez de nuestros conocimientos técnicos. Comunico el fruto de mis razonamientos a Meiling, quien lo comparte en absoluto; pero no sé por qué, me propone que en vez de ser la cuerda la que vaya hacia mí, sea yo el que vaya hacia ella. Pese a sus sugestiones, me mantengo firme, y es, sólo una vez bien atado, que brillantemente y con toda facilidad atravieso el pasaje en cuestión.

De tal modo llegamos a un islote de roca en el cual dejamos nuestras mochilas y por un Inclinado "couloir" de nieve nos dirigimos hacia la base de la pared oeste de la cima. En su precedente ascensión Meiling halló el "couloir" casi sin nieve y las rocas lisas le ofrecieron bastantes dificultades. Esta vez las espesas nevadas de los días precedentes favorecen nuestro avance y llegamos sin incidentes al pie mismo del paredón que se trata de escalar y cuyos 70 metros, más o menos, de altura prometen ser muy atrayentes.

Federico Finó sobre la cima principal del Cerro López, Río Negro, 1938. Foto: Otto Meiling

Federico Finó sobre la cima principal del Cerro López, 1938. Foto: Otto Meiling

Otto Meiling en la cumbre del Cerro López, Río Negro, 1938. Foto: Del libro "Otto Meiling, un pionero de Bariloche"

Otto Meiling en la cumbre del Cerro López, 1938. Foto: Del libro "Otto Meiling, un pionero de Bariloche"

El tiempo parece decidido a no concedernos tregua alguna; así que sin tardanza iniciamos la trepada. De inmediato un paso difícil se presenta. Es un muro de dos a tres metros de alto, vertical y sin asidero. Meiling se coloca contra él, eleva la pierna izquierda a la altura de su cabeza, aplica el pie contra una protuberancia de roca, agarra con la mano un invisible saliente y como por arte de magia se eleva a lo largo del muro. Franqueado el paso, se asegura firmemente y espera al resto de la caravana que realiza la escalada recurriendo a un asidero suplementario: la soga. Viene luego un "couloir" inclinado, largo de unos 30 metros, bastante liso y entrecortado de saltos rocosos casi verticales. Este camino desemboca en una pendiente de rocas fáciles, la cual nos lleva a la cima (2150 metros, aproximadamente, según el altímetro), a la que llegamos junto con una espesa niebla. Se deposita la tarjeta reglamentaria e inmediatamente iniciamos el descenso por la pared este.

Abro la marcha y, mientras espero que Meiling, ancla de sostén de la caravana, se reúna conmigo, sopla una ráfaga de escarchilla y  granizo que nos transforma en verdaderas estatuas de sal. Seguimos a través de la pared hasta la brecha situada a la izquierda de la cima. Se trata ahora de descender algo sobre la faz orientada hacia el Brazo Tristeza del Nahuel Huapi. Dos pasajes se ofrecen: una sucesión de lajas cubiertas de escarcha; un pequeño muro liso y sin asidero. Dado nuestro equipo,  es imposible que los dos utilicemos el mismo paso. Mis botines están herrados con "palomitas" (pequeños herrajes en la suela de la bota) que no muerden sobre la escarcha, no puedo pasar por las lajas; en cambio, puedo descender el muro sostenido por la cuerda tenida por  Meiling. Este, por su parte, lleva "tricounis" (es un clavo en la punta de las Botas de montaña)en sus botines, lo que le permitirá franquear las lajas escarchadas, pero le sería expuesto descender el muro sin sostén, a menos de recurrir a una maniobra de "soga doble", larga, engorrosa y que el tiempo tempestuosos nos hace rehuir. Decidimos, pues, que Meiling me deslice con la cuerda como un vulgar paquete y él desatado, se dirige hacia las lajas para venir a  reunirse conmigo.

Pico Norte del Cerro López, Río Negro, 1938. Foto: Federico Fino

Pico Norte del Cerro López, 1938. Foto: Federico Fino

Pared Norte del Cerro Lopez.
Libro: Andinismo y Campamentos en el Parque Nacional Nahuel Huapi de Jose Maria Iglesias y Mario Della Janna

Así se hace, y en los instantes que permanezco solo, agazapado  contra una roca para abrigarme de la nieve y de la escarchilla, bruscamente la niebla se desgarra y, como en el fondo de un inmenso pozo, aparece un pedazo del Brazo Tristeza, para esfumarse breves instantes después. Esta visión es quizá la más notable que he tenido en la región, si bien los filos y los gendarmes de la cima principal son recomendables a todos los trepadores, dados los magníficos aspectos que ofrecen.

Vuelve Meiling y partimos. Hacemos una travesía de flanco a la vertiente Tristeza y, franqueando otra brecha, volvemos a la vertiente Refugio. Un rápido descenso nos permite llegar al sitio donde nuestras mochilas nos esperan pacientemente,  habiendo realizado de este modo la primera travesía de la cima principal del Cerro López, así como su primera ascensión argentina. Luego de una ligera colación volvemos a ascender en dirección al filo que une la cima principal con el pico norte, dejando a la izquierda los faldeos que llevan a la cima del Mojón. En el pico C los exploradores de Don Bosco elevaron una cruz que el rayo o el viento han destruido y que encontramos caída entre las rocas. El filo sobre el cual estamos se alarga indefinidamente; una vertiente (la del refugio) tiene nieve blanda y la otra (Tristeza) una roca suelta.

Pasamos de  la una a la otra para variar, y es así como llegamos al pico norte con un cielo algo mejorado que nos permite contemplar el cerro Capilla y los flancos inferiores del Tronador cubiertos de nieve fresca. Son las 18 hs., aproximadamente. Un largo y  monótono pedrero nos lleva a la picada número 1 del C.A.B. y de ahí, a través de bosques y matorrales, a Bahía López, donde llegamos a las 19.30.

(1) Meiling es el único que, realizó dichas escaladas. En 1936 ascendió la cima por la pared este y en 1937 lo hizo por la pared oeste.

Cerro López. Foto: www.thedreamingtraveller.com

Nahuel Huapi desde el cerro López, Río Negro. Foto: Carlos Giacomuzzi

Nahuel Huapi desde el cerro López. Foto: Carlos Giacomuzzi


Área Restauración Fotográfica del CCAM: Natalia Fernández Juárez


Bibliografía del Archivo del Centro Cultural Argentino de Montaña:


- Diario "La Nación", Domingo 10 de Abril de 1938


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